emocions

Alguien dijo que la vida era lo más parecido a una ópera-rock; demasiada contradictoria para poderla entender. No sé hasta qué punto es cierta esta afirmación. Creo que toda nuestra existencia, mentirosa, casual, imprevisible, es arte. “Sin música la vida sería un error”, leí; yo digo: “sin música, no existe la vida”.

Des que nacemos hasta nuestro final, nos rodeamos de ella. En los lloros del parto, en la mirada inocente que espera tres lejanos personajes, como en las chicas de los 14, o la lentitud de la vejez; siempre estamos rodeados de arte, aunque no siempre es tan bueno como desearíamos. Avergonzados ante la crueldad de un espejo, nos haremos viejos, feos, torpes, cómo nuestros padres antes que se burlasen de los abuelos por ser torpes, feos y viejos. Y como ellos, aprenderemos a sonreír sin motivo, simulando que todo sigue igual.

La música, el caos danzante, la alegría moribunda, una floración de sentimientos hasta el espacio exterior, puede representarse mediante diferentes formas. Nosotros no elegimos la música que nos gusta; es siempre ella quién escoge en cada momento. Cuando estamos tristes, al salir de fiesta,  mientras jugamos a no perder el tiempo…; ella siempre está allí, acompañándonos.

Muchas veces discuto con mis amigos; si no discutiéramos, sólo seríamos farsantes. No logran entender que pueda escuchar estilos de música tan diferentes. “¡Tu compact disc estará mareado ante tanta incomprensión!”, dicen. Entonces me muestran los cedes expuestos encima de la mesa. Veo “Las cuatro estaciones”, un recopilatorio de Joaquín Sabina, otro de Janis Joplin, la discografía de Umpah-pah i The Damned; varias canciones de 999 i Dead Kennedys, las mejores baladas de Led Zeppelin, las locuras d’Iggy Pop, la decadencia de Eskorbuto, el sentimiento de Guns ‘n’ Roses… Pudiera seguir con otra lista de celebridades nada coherentes entre si.

Todos me miran; quieren que baje cabeza y les pida perdón. Sin embargo, me niego. “¿Porque no puedo oír música tan diferente?”, les digo, “¿acaso soy el mismo cuando siento November Rain—una preciosa balada de principios de los 90—o cuando pongo el mundo patas arriba, con California uber alles—caricatura de un gobernador fascista—?” Quiero ser yo mismo; sí, es más difícil de lo que uno piensa. Quiero escuchar Since I’ve been living you, cuando esté colgado por alguien, y cantar, sin pizca alguna de remordimiento, Now I wanna be your dog, toda las noche por las sucias calles de mi pueblo.

“Un servidor no tiene miedo a vivir”, les escupo, “para mí, los sentimientos no son ningún problema; aunque me torturen, yo les acepto orgulloso”. Quién sólo escucha una melodía, muere con la duda del ignorante. Yo, que soy más cobarde, buscaré por todas partes, oiré el material más viejo, imaginaré los cuadros más olvidados, vomitaré las escrituras más solitarias.

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“Bueno, sí, muy bien, la música nos gusto a todos, pero ¿qué coño tiene a ver con tu vida, con la mía, con la felicidad de tu estúpido vecino?” Exclusivamente todo. Una palabra puede definir cualquier idea. Una nota, alcanzar todas las pasiones: odio, soledad, amor, ilusión, energía, frustración… Todas ellas se funden en un re.

No creo que la calidad de vida resida en el progreso industrial, tecnológico, ni urbanístico. Mi esperanza de vida no asegura una vida mejor. Tampoco la humanidad podría hacerme feliz. La adaptación social deriva en mi nulidad personal. Sólo la capacidad de emocionarse, de pervertirse yo diría, nos puede hacer sentir mejor. “Renovarse o morir”. ¡Aceptar los enigmas es tan excitante…!

Guillem Carreras. Tardor 2006.

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