És una llàstima que, gaudint d’un traductor tan excel·lent com l’Albert Nolla, no és tradueiexin més clàssics japonesos al català. Fa dos anys es va publicar la primera traducció de Kenzaburo Ôe (“Una qüestió personal”, imprescindible, per cert) i, que jo sàpiga, no s’esperen més novetats al respecte. Els amants de Kawabata són una mica més afortunats. Viena Edicions ha traduït el doble de novel·les: “La casa de les belles adormides” (esplèndida) i “País de neu”. Esperem que segueixin apostant-hi! 

De Tanizaki, de moment, només s’ha publicat una novel·la: “La clau”. Sense haver-la llegit, tinc la certesa que, si s’apropa minímament al nivell de “Naomi”, serà una molt bona lectura

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Voy a intentar referir los hechos de nuestra relación conyugal exactamente como sucedieron, con toda sinceridad y franqueza. Es probable que sea una relación sin precedentes. Mi narración me proporcionará un registro precioso de algo que no quiero llegar a olvidar. Al mismo tiempo, estoy seguro de que también mis lectores la encontrarán instructiva. A medida que el Japón se hace cada día más cosmopolita, los japoneses y los extranjeros se mezclan con entusiasmo; se introducen toda clase de doctrinas y filosofías nuevas, y lo mismo hombres que mujeres adoptan las últimas modas occidentales. Sin duda, siendo los tiempos como son, el tipo de relación marital que hemos tenido, hasta ahora nunca visto, empezará a aparecer por todas partes.

Retrospectivamente veo que fuimos una pareja extraña desde el primer momento. Hará unos siete años que conocí a la mujer que es ahora mi esposa; no recuerdo la fecha exacta. En aquella época era camarera en un sitio llamado Café Diamante, cerca de la Puerta Kaminari del templo de Kannon en Asakusa. Tenía sólo quince años, y cuando la conocí acababa de ponerse a trabajar. Era una principiante: una aprendiza, una camerera en flor, por así decirlo, todavía no una empleada hecha y derecha.

Es muy posible que al principio me atrajera su nombre. Todo el mundo lallamaba “Nao-chan”. Cuando se lo pregunté un día, me enteré de que su nombre real era Naomi, escrito con tres caracteres chinos. El nombre despertó mi curiosidad. Un nombre espléndido, pensé; escrito en letras latinas podría ser un nombre occidental. Empecé a prestar a Naomi una atención especial. Curiosamente, desde que supe que tenía un nombre tan sofisticado, tomó para mí un aspecto inteligente, occidental. Empecé a pensar que sería una vergüenza que siguiera siendo camarera en un sitio así.

De hecho, Naomi se parecía a la actriz de cine Mary Pickford: realmente había algo de occidental en su aspecto. Esto no es ilusión mía; lo han dicho muchos otros, incluso ahora es mi mujer. Tiene que ser verdad. Y no es sólo la cara: incluso su cuerpo tiene un aspecto netamente occidental cuando se desnuda. Esto no lo supe hasta después, claro. Por entonces sólo podía imaginarme la belleza de sus miembros por el estilo con que llevaba el kimono.

No puedo hablar con certeza sobre su mentalidad en el tiempo en que servía en el café; sólo un padre o una hermana puede comprender lo que siente una muchacha de quince o dieciséis años. Si hoy le preguntaran, la propia Naomi diría probablemente que se limitaba a atender a sus cosas sin pensar en nada. Para una persona de fuera, sin embargo, era una niña silenciosa y triste. Su rostro denotaba poca salud. Era pálido y apagado, como un gruesto cristal incoloro y transparente: puesto que acababa de empezar a trabajar, aún no se ponía el maquillaje blanco que usaban las otras camareras, ni habían trabado conocimiento con los clientes ni con sus compañeras. Solía meterse en un rincón para hacer su tarea, callada y nerviosa. Quizá fuera también eso lo que le daba un aire de inteligencia.

Tanizaki, 1933

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