Abans de fer-me megafamós amb la publicació de “99 francs”, Frédéric Beigbeder va publicar “L’amour dure trois ans”. Al meu entendre, una novel·la molt millor que el best-seller per el qual és mundialment famós. Quan acabes de llegir les cent cinquanta pàgina, t’endus una conclusió: en contra del què podria semblar, les persones més sentimentals són també les més cíniques. Es podria anomenar “l’efecte cuirassa”. Si saps que la teva epidermis és molt fina, intentes protegir-la amb capes i capes de superficialitat.  

He transcrit quatre fragments del llibre perquè pugueu veure aquesta doble vessant de Beigbeder: la depriment i sarcàstica enfront la tendra i optimista. En una versió o l’altra, m’agrada aquest llibre perquè és autèntic. A diferència de “99 francs”, que peca de voler fer massa pornografia sentimental, aquí Beigbeder llença les veritats com a punys sense la necessitat de voler passar per un provocador. Desemmascara la hipocresia humana en tot allò relatiu a l’amor d’una manera entranyable. Totes les persones que tenen parella i no n’estan enamorades haurien de sentir-se avergonyides quan el llegeixin. Per ells, més que ningú, és molt recomanable aquest llibre. Recordeu que la comoditat mata allò que abans corca.  

 

rellotge

 

FLIRTING WITH DISASTER

Aquella noche, en el transcurso de mi fiesta particular, un amiguete se me acercó para charlar conmigo (no recuerdo quién era, ni cuando, ni muchos menos dónde).

–¿A qué viene esa cara?—me preguntó.

Recuerdo haberle respondido:

–A que el amor dura tres años.

Aparentemente, aquello tuvo su efecto: el tipo se esfumó. Desde entonces, recurro a esta réplica allí donde voy. En cuanto pongo cara triste y me preguntan por qué, replico de buenas a primeras:

–Porque el amor dura tres años.

A la larga, empiezo a pensar que podría ser un buen título para un libro.

El amor dura tres años. Aunque lleves cuarenta años casado, en el fondo, confiésalo, sabes perfectamente que es verdad. Te das perfecta cuenta de aquello a lo que has renunciado; en qué momento abdicaste. El día fatídico en que dejaste de tener miedo.

Escuchar que el amor dura tres años no es agradable; es como un truco de magia fallido, o como cuando el despertador suena a mitad de un sueño erótico. Pero hay que acabar con la mentira del amor eterno, sobre el que se fundamenta nuestra sociedad, artesano de la infelicidad de la gente.

Después de tres años, una pareja debe separarse, suicidarse o tener hijos, que son las tres maneras de confirmar su final.

A menudo nos dice que, al cabo de cierto tiempo, la pasión se convierte en “otra cosa”, más sólida y más hermosa. Pero esa “otra cosa” es el Amor con A mayúscula, un sentimiento menos excitante, es cierto, pero también menos inmaduro. Me gustaría ser absolutamente claro: esa “otro cosa” me toca los cojones, y si el Amor es eso, entonces dejo el Amor en manos de los gandules, de los descorazonados, de la gente “madura” que vive varada en su comodidad sentimental. Mi amor, el mío, lleva una “a” minúscula pero tiene amplitud de miras; no dura demasiado pero, por lo menos, cuando está allí lo notas. Su “otra cosa” en la que les gustaría convertir el amor parece una teoría inventada para poder conformarse con poco, y sentirse más seguros proclamando que no hay nada mejor. Me recuerdan a los envidiosos que rayan las puertas de los coches de lujo porque no tiene medios para comprarse uno igual.

sarcasme

 

HUIR DE LA FELICIDAD POR MEDIO A QUE SE ESCAPE

Mis mejores recuerdos con Anne datan de antes de nuestro matrimonio. El matrimonio es criminal porque mata el misterio. Conoces a una criatura fascinante, te casas con ella y de repente la criatura fascinante se esfuma: se ha convertido en tu mujer. ¡TU mujer! ¡Qué insulto, qué decadencia para ella! ¡Cuando lo que deberíamos buscar sin descanso, durante todo la vida, es a una mujer que no te perteneciera nunca! (En este sentido, Alice iba a colmar mis aspiraciones).

Me parece que todo el problema del amor radica en lo siguiente: para ser felices necesitamos seguridad cuando resulta que para estar enamorados necesitamos inseguridad. La felicidad se basa en la confianza mientras el amor exige dudas e inquietud. Resumiendo, el matrimonio ha sido concebido para hacernos felices pero no para que permanezcamos enamorados. Y enamorarse no es el mejor modo de encontrar la felicidad; si así fuera, ya nos habríamos enterado (…)

En un mundo perfecto, las chicas de veinte años jamás se sentirían atraídas por un invento tan artificial como es el matrimonio. Soñarían con la sinceridad, la pasión, lo absoluto, no con un tío enfundado en un frac de alquiler. Desearían al Hombre que sabría sorprenderlas cada día creado por Dios, no al hombre que les va a ofrecer unes estanterías Ikea. Dejarían que el deseo siguiera su curso. Por desgracia, sus frustradas mamás desean que pasen por una desgracia idéntica a la suya, y, por lo que respecta a ellas, también han visto demasiadas teleseries. Así que esperan al Príncipe Azul, ese concepto publicitario para retrasados, fábrica de frustrados, de futuras viejas chicas, de amargadas, mientras que un solo hombre imperfecto podría haberlas hecho infelices.

bosc

 

IRSE

Sabes que podrías marcharte inmediatamente con ese ser con el que no has intercambiado más de tres frases. “Irse”: la palabra más hermosa de nuestro idioma. Sabes que estás a punto de utilizarla. “Vayámonos”, “Tenemos que irnos”, “Un día tomaremos trenes que se van” (Blondin). Tu equipaje está listo, y sabes que el pasado sólo es un confuso amasijo que queda en tu espalda y que hay que intentar olvidar, ya que estás renaciendo. Sabes que lo que está ocurriendo es muy grave, y no haces nada para frenarte. Sabes que no hay otra salida. Sabes que vas a causar sufrimiento, que preferirías evitarlo, que sería necesario razonar, esperar, reflexionar, pero “irse”, “¡irse!”, es lo más fuerte de todo. Todo puede volver a empezar de cero. La casilla de salida promete tantas cosas. Es como si hasta entonces hubieras estado retenido debajo del agua, en apnea juvenil. El futuro es el hombro desnudo de una desconocida. La vida te ofrece una segunda oportunidad: la Historia se repite.

Podrían parecer que esta atracción es superficial, pero no existe nada más profundo; estás dispuesto a todo; aceptas los defectos; perdonas las imperfeccionas; incluso las buscas, maravillado.

Sólo te sientas atraído por debilidades.

parella

 

CORRESPONDENCIA (III)

A la tercera fue la vencida. Gracias al servicio de Correos: el teléfono, el fax o Internet no superarán jamás en belleza novelesca al viejo y entrañable peligro de la relación epistolar.

“Querida Alice:

Te esperaré todas las tardes a las siete, en un banco de la place Dauphiné. Vengas o no vengas, yo estaré allí, siempre, a partir de esta tarde.

Marc”

 

El lunes esperé bajo la lluvia. El martes te esperé bajo la lluvia. El miércoles no llovió, y viniste (Parece una canción de Yves Duteil).

–¿Has venido?

–Sí, eso parece

–¿Por qué no viniste el lunes o el martes?

–Llovía…

–No sé lo que me impide…regalarte un paraguas.

Sonreíste. Fantasmilla escondida detrás de una melena anunciadora de placeres abstrusos. Manga de rostro claro con labios que me sonreían sin sospesar los pros y los contras. Te cogí de la mano como quien toma un objeta precioso. Y luego se produjo un silencio incómodo, de circunstancias, que quise romper:

–Alice, creo que es grave…

Pero no me dejaste:

–Cállate…

Y luego te inclinaste para besarme en los labios. No era posible, ¿estaba soñando? ¿Todavía podía ocurrirme algo tan delicado?

Quise volver a hablar:

–Alice, todavía estamos a tiempo de echarnos atrás, rápido, porque después será demasiado tarde y yo voy a amarte con una fuerza tremenda, y tú no me conoces, en estos casos me convierto en una persona lamentable…

Pero esta vez es tu lengua la que me interrumpe y todos los violes de todas las más hermosas películas de amor sólo con un escupitajo de miserables chirridos comparados con la sinfonía que suena en mi cabeza.

Y si os parezco ridículo, que os den por el saco.

Frédéric Beigbeder, 1997

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