Així va explicar Dostoievski el seu empresonament a Sibèria. 

 

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Nicolau I: el tsar que va “salvar” la vida de Dostoievski

“Hoy, 22 de diciembre, nos llevaron a la plaza Semiónovskaya. Ahí nos leyeron a todos la sentencia de muerte, nos permitieron besar la cruz, rompieron las espadas sobre nuestras cabezas y nos ataviaron con las camisas blancas para recibir la muerte. Después amarraron a los primeros tres del poste para llevar a cabo la ejecución. Yo era el sexto y nos llamaban de tres en tres; por lo tanto estaba en el segundo grupo y no me quedaba de vida más de un minuto (…) En eso se oyó el toque de la retirada. Los que estaban amarrados al poste fueron devueltos a su lugar y nos comunicaron a todos que su Majestad Imperial nos concedía la vida. Después siguieron las verdaderas sentencia”. 22 desembre de 1849.

“Los hombres son hombres en todas partes. Incluso en el presidio, entre criminales, durante esos cuatro años pude, finalmente, distinguir a la gente. ¿Lo creerás? Hay caracteres profundos, fuertes, magníficos y cuanta alegría me proporcionaba encontrar el oro bajo una ruda corteza. Y no encontré sólo uno o dos, sino unos cuantos. Hay algunos a quienes es imposible no respectar y otros son decididamente estupendos. Yo enseñé a un joven cherqués (enviado a presidio por bandolerismo) a leer y escribir en ruso. ¡De cuanto agradecimiento me colmó! Otro presidiario lloró al separarse de mí. Yo solía darle dinero, pero ¿acaso podía ser mucho? Y en cambio su gratitud era ilimitada. Mientras tanto mi carácter se había dañado; yo era con ellos caprichoso, impaciente. Ellos respetaban el estado de mi alma y lo soportaban con resignación. À propos. ¡Cuántos tipos de caracteres de gente del pueblo he sacado del presidio! Me compenetré con ellos y por eso, me parece, los conozco suficientemente bien. ¡Cuántas historias de vagabundos y de bandidos y, en general, de toda esa negra y desdichada existencia! Tengo suficiente para escribir tomos enteres. Qué gente tan maravillosa. En general, el tiempo no ha pasado en vano para mí. Si no fue Rusia lo que conocí, en cambio sí he conocido el pueblo ruso, y lo he conocido tan bien como muchos, quizás, no lo conocen”

 

Comparar la repressió de Putin amb la dels tsars és com comparar aquestes dues cançons: la segona és una merda.

 

“Cuando abrimos la puerta de la sala de baños, pensé que habíamos entrado en el infierno. Imaginad una habitación de doce pasos de largo y otros tantos de ancho, en la que se apretujaban, quizá, hasta cien personas a la vez, o, por lo menos, ochenta, puesto que habían separado a los presos en dos tandas y, en total, habíamos ido a los baños unos doscientos. El vapor cegaba los ojos, reinaban el tufo y la mugre. Era tal la estrechez que no había donde poner un pie.

Sentí pánico y quise volverme atrás, pero Petrov me dio ánimos entonces. De algún modo, con grandísimas dificultades, nos abrimos paso hasta un banco, por entre cabezas de gente sentada en el suelo (…) Incluso los sitios debajo de los bancos estaban ocupados; allí también se amontonaba la gente. En todo el suelo no había ni un solo palmo en el que no estuviesen los presos encorvados, echándose agua de sus cubos. Otros estaban entre ellos erguidos y, sosteniendo el cubo en la mano, se lavaban de pie; el agua sucia se escurría directamente de sus cuerpos a las cabezas rapadas de los que estaban sentados en el suelo. En el banco superior y en todos los peldaños que conducían a él había gente sentada, apretujada y encorvada que se estaba lavando.

Unos cincuenta manojos de ramas de abedul subían y bajaban a la vez en el banco superior; todos se azotaban hasta el paroxismo. Echaban vapor cada minuto. Aquello no era calor: era un inferno. Todo vibraba y retumbaba con el ruido de las cien cadenas que se arrastraban por el suelo. Algunos, queriendo pasar, se enredaban en los grilletes de otros y tropezaban con las cabezas de los que estaban sentados abajo, se caían, blasfemaban y tiraban de aquellos con los que habían tropezado. El agua sucia corría por todas partes. Todos estaban en un estado de embriaguez, de excitación; resonaban los gritos y los chillidos. Junto a la ventanilla del vestíbulo, a través de la cual daban el agua caliente, había insultos y empujones, toda una refriega. El agua caliente recibida se vertía sobre las cabezas de los que estaban sentados en el suelo, antes de llegar a su destino. De cuando en cuando, por la ventana o por la puerta entreabierta asomaba el bigotudo rostro de un soldado que, fusil en mano, vigilaba si había algún desorden. Las cabezas rapadas y los cuerpos de los presos, enrojecidos por el vapor, parecían aún más monstruosos. En las espaldas sometidas al vapor suelen destacar con mayor claridad las cicatrices de los latigazos y palos recibidos, de tal modo que aquellas espaldas parecían ahora recién fustigadas. ¡Qué terribles cicatrices! Sentí escalofríos al verlas. Soltaban más vapor y se formaba una nube densa, ardiente en la sala; todos chillaban y gritaban. De entre la nube se distinguían espaldas apaleadas, cabezas rapadas, manos y pies torcidos”.

“Recuerdo que tan solo el anhelo de resurrección, de renovación, de una vida nueva, me dio la fuerza para esperar y confiar. Y por fin me hice fuerte: esperaba, descontaba cada día que iba pasando (…) Recuerdo que en todo ese tiempo permanecí en un aislamiento terrible, y acabé por amar ese aislamiento. En mi soledad espiritual, me dedicaba a revisar toda mi vida anterior, examinando hasta el último detalle y reflexionaba profundamente acerca de mi pasado; a solas, me juzgaba a mí mismo implacablemente, con toda severidad, y en ocasiones llegaba a bendecir el destino por haberme enviado esa soledad, sin la cual no había sido posible ni ese juicio sobre mí mismo ni esa revisión tan estricta de mi vida anterior”.

Dostoievski, 1849

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