La intel·ligència va permetre que bé l’home superés les altres espècies animals. Ara bé, segueix sent útils per la evolució de l’espècie? Pino Aprile pensa que no. Reprodueixo el pròleg que Tonino fa del llibre “Elogio del imbécil”

 

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Cuando era niño la realidad me parecía muy extraña. No es que yo fuera especialmente simple—o inteligente—, pero no podía evitar sentir oscuras y secretas tendencias hacia la lógica. Secretas y oscuras porque las oculté durante toda mi infancia para que nadie pudiera acusarme de tener un comportamiento “anormal”.

Acudir al colegio me parecía desagradable y una agresión constante a mi libertad. La compañía brutal o cursi de los otros niños me producía la misma satisfacción que entrar en los urinarios del colegio, tan nauseabundos como un campo de batalla en el que se hubiera sustituido la sangre por pis. Las cosas que divertían a mis compañeros a mí me dejaban perplejo. Mi estupor se convirtió en un honor indecible el día en que me vi rodeado de una multitud de seres de mi misma edad desternillados de risa porque un payaso, tras recibir un estacazo del Augusto, se había tragado un saxofón cuyo extremo más puntiagudo le sobresalía por la nuca. El motivo por el que había que hacer manualidades me resultaba incomprensible: la maestra se empeñaba a una cartulina cuando yo sabía de sobre que nadie en su sano juicio usaría jamás esa parodia de la joyería.

El golpe de gracia me lo dieron un Día de la Madre. Teníamos que hacer un dibujo de nuestras mamás para ofrecérselo como regalo. La maestra se negó a que yo reprodujera el razonable sobrepeso con el que la naturaleza había obsequiado a mi madre tras cinco embarazos, así que dibujé a mi progenitora como un espárrago y le di el retrato, acompañado de una canción sensiblera, pensando que mi madre me iba a tomar por un cretino incapaz de reproducir la realidad más obvia con un lápiz.

Poco a poco, ya que nadie tomaba en consideración mis opiniones, empecé a dudas de mi capacidad de expresión adentrándome en un satisfactorio mundo interior y amurallándome tras el mutismo más absoluto. (Tal vez esto me impidió conocer a algún genio precoz que quizá coincidió conmigo en la infancia, aunque lo más seguro es que hubiese estado demasiado ocupado en intentar esquivar las finas burlas en forma de piedras que lanzaban mis compañeros como para iniciar una amistad). Fue así como comprendí prematuramente que con los imbéciles—estando en el que yo mismo me incluyo con frecuencia—no se puede razonar, ni se les puede plantea más vías de las que conocen. Como los virus que destruyen el sistema del que se alimentan, su tarea es imponer a los demás su personal estupidez a toda costa. Cuando uno discute con un imbécil se convierte, por ósmosis, en imbécil y medio.

He escogido como ejemplo mi cerebro a los seis años porque los especialistas consideran que es a esa edad cuando uno se siente más libre para manejar su capacidad intelectual. Mis estímulos no fueron excepcionales. Pero, ¿quién sabe a qué se dedican las neuronas humanos cuando se ven completamente libres de hacer lo que les plazca?

 

 

A lo largo de nuestra historia reciente se han encontrado seres humanos que han crecido en selvas o bosques, sin contacte con lo civilización. Los optimistas y los escritores románticos han querido ver en ellos a unos Tarzanes capaces de inventar el fuego y de procurarse coquetos taparrabos ellos solos. Sin embargo, casos reales como el de Gaspar Hauser o el del niño salvaje de Aveyron demuestran que el hombre “no domesticado” es incapaz de desarrollar su inteligencia y su afectividad por sí mismo. Necesitamos a nuestros semejantes para ser inteligentes. Y sin embargo, esa misma sociedad que nos vuelve tan listos también puede—y, de hecho, lo hace—convertirnos en unos perfectos idiotas. Si nos fijamos, la mayoría de las veces nos limitamos a repetir dócilmente lo que no has enseñado, igual que los delfines amaestrados. Y lo curioso es que nos gusta. La estupidez es relajante y garantiza a sus adeptos la felicidad. La estupidez es un gran invento.

Una de las habilidades que nos diferencia del resto de los animales es nuestra capacidad para crear un lenguaje no innato. El lenguaje enriquece nuestro pensamiento, así como el pensamiento enriquece nuestra capacidad de comunicación. Sin embargo, cada vez que oigo, por ejemplo, las manidas expresiones “vamos a hablar de hombre a hombre” o “esto sólo lo puede entender una mujer”, un reflejo pavloviano me avisa de que se avecina una estupidez monumental. Las conversaciones de “hombre a hombre” suele terminar con un par de guantazos o en abrazos marciales sustitutorios de la agresión anual. Y si espiamos una conversión de una “mujer-mujer” podríamos decir, parodiando a Goya, que el sueño de la razón produce Barbies.

Casi ningún comportamiento humano parece definitivamente “humano”, mucho menos humanista. Nuestros códigos de conducta todavía remiten a razones triviales que nos mueven a actuar según lo preestablecido. Hacemos lo que la sociedad dictamina para acabar pensando como el protagonista de aquel chiste de Gila: “Lo bueno de la guerra es que te hinchas a matar y la policía no dice ni mu”. Cuanto menos entendemos del conjunto de conocimientos que nos ha sido legado, más importante nos parece y más lo respetamos, denunciando a quien se sale del rebaño con una idea propia. Decía Voltaire en la entrada Conciencia de su “Diccionario filosófico:

Locke presenta como ejemplo a los salvajes que matan y se comen a su prójimo sin remordimiento de conciencia, y a los soldados cristianos que estando más civilizados, cuando toman por asalto una ciudad, saquean, degüellan y violan, no sólo sin remordimientos, sino con gloria, excitando el aplauso de los camaradas.

 

 

 

Pino Aprile sostiene en este libro que la inteligencia es una característica obsoleta y condenada a extinguirse. Fue esencial en la evolución del hombre, pero ya no la necesitamos. Aunque algunos sintamos nuestro amor propio herido por esta teoría, ¿es esta sociedad un caldo de cultivo de todas las imbecilidades?

Una amiga mía me aseguró en cierta ocasión que ella había sido muy inteligente de pequeña, hasta que sus pechos adquirieron un tamaño considerable y perdió su capacidad de concentración. Pero las esclavitudes del cuerpo no son la única causa por la que vemos mermadas nuestras capacidades. Las organizaciones sociales se esfuerzan por hundir la inteligencia desde hace siglos. Ocurre bajo cualquier forma de gobierno, cualquier religión, en la ciencia tanto como en el arte. El sistema de jerarquías se ha encargado de reducir el pensamiento hasta su mínima expresión. Razonar cuesta caro a quien lo intenta.

El imbécil tiende además a rodearse de imbéciles para camuflar su propia incapacidad bajo la de los demás. Los hombres, asociados en grupo, se convierten en un inagotable manantial de estupidez.

Antes de que la película rosa americana Rain Man trivializara el tema, en un interesante estudio de Michael J.A. Howe, The Strange Feats of Idiots Savants, se recogían las increíbles proezas de individuos mentalmente retrasados que eran capaces de desarrollar extraordinarias capacidades musicales, de tener memoria fotográfica o de realizar complejos cálculos matemáticos de cabeza. En su vida social sufrían enormes dificultades para adaptarse a su entorno, pero su capacidad para especializarse en tareas poco comunes los convertía en auténticas máquinas pensantes. Es posible que el hecho de vivir en un medio conflictivo favoreciera el desarrollo de estas capacidades, pero sea por lo que sea, debería darnos que pensar. También las personas de una inteligencia poco común, los “superdotados”, despiertan el recelo de los “normales”. Cuantos menos problemas tenemos—y el cerebro humano se creó precisamente para resolver problemas—, menos utilizamos la inteligencia. Los idiotas son legión. Y los que no lo son no consiguen establecer una “correcta” conexión con su entorno sin encontrar un sitio en la sociedad “normal”. Quizás no lo tengan.

El autor de este libro se ha molestado en tomarse en serio lo que algunos nos tomamos a broma con demasiada ligereza: que la inteligencia humana está en vías de extinción y que los idiotas son los mejores cualificados para la supervivencia en la carrera evolutiva. Que la gran mayoría de imbéciles que conforma el paisaje del ser humano aprovecha el conocimiento de unos pocos genios para aplicarlo como lo haría una bestia carente de memoria, visión de futuro y piedad.

Aprile, sin embargo, nos deja al final la puerta abierta para que podamos entrar en ese infierno que produce la razón. O para permanecer en el purgatorio de la reflexión, breve descanso antes de caer en la estupidez beatífica de todos los días.

Tonino (2002)

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