“El arte es una especie de innata unidad que se apodera de un ser humano y lo convierte en su instrumento.

El artista no es una persona dotada de libre albedrío que busca su propio beneficio, sino un arte que permite hacer realidad su propósito a través de él.”

Carl Jung

Hacia las doce del mediodía ya notaba la vibración en la yema de los dedos. El cosquilleo subía por las cuatro extremidades, impulsado por un no sé qué marciano, con la intención de encontrarse en un punto de mi interior, la barriga. Las vísceras estallando y creando formas y fórmulas brillantes, la mandíbula colgando, dejando que la saliva estrellase contra el suelo, una erección del coxis a las cervicales. Me dirigí hacia el restaurante, era el momento de crear.

Un camarero de roja nariz abrió la puerta y me dijo que bienvenido caballero. Llevaba en la cara una sonrisa exagerada, enmarcada por un labio inferior tembloroso que semejaba una ilusión desmedida, como aquella de los perros que reciben a trompicones la llegada de sus amos. Dentro del restaurante un cartel anunciaba “Todos podemos ser artistas: bienvenidos”, pero yo sabía que no todos tenían el talento. El narizón rojo me acompañó hasta una mesa muy céntrica, me senté con la espalda aún erecta y esperé que me llevaran las herramientas. De una de las paredes colgaba la fotografía de un gordinflón que guiñaba un ojo y mostraba un plato con pudding amarillento, orgulloso de su creación. Vestía unos pantalones anchos que intentaban ocultar kilos de más y que contrastaban con la estrechez de una camiseta poco explosiva, casi explotando a causa de un ombligo punzante.

No me sentía especialmente nervioso, pero la curiosidad se transformaba en un rítmico movimiento de pierna, no sabía qué creación aguardaba mi estómago y me deleitaba pintando y repintando mentalmente banquetes sustanciosos. Los movimientos en mi interior eran relajados, pero yo sabía que la creación sería inminente. El camarero me llevó un plato y unos cubiertos y esperé. Me llevó luego una copa vacía y me peiné el bigote con los dedos.

Eran ya las dos y mi estómago, cada vez más grande, empezó a contraerse. Me agarré a los bordes de la mesa y me incliné hacia adelante. En mi barriga se perfilaban unos pequeños bultos que empujaban hacia afuera, cual feto pateando y estriando mi piel. El camarero, al ver que era el momento de crear, corrió hacia la mesa y me colocó una servilleta en el cuello de la camiseta. Las tumefacciones aumentaron de tamaño y rebotaron entre las paredes del estómago, tosí para disimular el ruido. La tos provocó una arcada y saqué la lengua mientras uno de los bultos subía velozmente por el esófago, resbalaba por el viscoso tobogán y se depositaba en el plato.

Había creado un solomillo al punto. Lo toqué de la misma forma en que toqué el primer pezón, excitado y temblando. Era esponjoso y expulsaba sangre cuando lo presionaba, me lamí el dedo. Me brillaban los ojos debido a la alegría y al vómito. Contemplé largamente mi obra y eructé bilis. Me sentí feliz y también vacío, triste y complacido como después de un goce muy contenido. Mientras me secaba el bigote con la servilleta recordé las ganas que tenía de viajar a S. No podía entender el porqué dichas ganas restaban ocultas y reaparecían, súbitamente, con una intensidad asombrosa, como si mi existencia dependiera de dicha ciudad. Ahorraría, viajaría a S y al volver a casa sentiría la nostalgia propia de todo sueño realizado, el fervor del recuerdo latente, la supuesta necesidad ya calmada y la jodienda de saber que no habrá otra primera vez en aquel punto exacto del tiempo y del mundo.

Había un hombre sentado en una mesa enorme. Supuse que tal superficie de madera sólo indicaba su necesidad de espacio para crear. Desde mi mesa sentía sus ruidos estomacales y supe que expulsaría su creación.  Llevaba una camiseta con la frase “I’m Jesus of Nazareth” y no supe si realmente se sentía tan creador, tan digno de gritar al mundo sus dotes culinarios o si simplemente pretendía dar la imagen de gordo gracioso. Sus mejillas colgaban, como dilatadas de expulsar tanto por la boca. No parecía artista. Era un mero intento de grandilocuencia, un monigote enorme que jugaba a ser más de lo que su mal gusto permitía. Tembló y sacó un perrito caliente por la boca. Me reí en silencio y largamente. Siguió temblando y su boca se convirtió en el nacimiento de una cascada de cerveza que llenó toda una jarra. Desvié la vista, qué ridiculez, qué barriobajero, qué espléndida era mi obra. Y fue tanto el asco que me provocó el cuadro que tuve otra arcada y expulsé un rioja reserva, de cuero, de hojas otoñales, de terciopelo en rubí. Me sequé el bigote y dejé que reposara en la copa.

No salía de mi asombro. La obra completa nacida de mis entrañas, fecundada por mí mismo. Quería llorar de alegría, era un artista de los pies a la cabeza, pasando por mi estómago querido. Me sequé el sudor con la servilleta. Y tan bipolar, tan caótico como todo humano que deja, por un momento, de controlarse para presentarse como un ser equilibrado, volví a sentir el descenso anímico que acompaña la culminación de un sueño. Y tan bipolar, tan caótico como todo humano que deja, por otro momento más, de controlarse para parecer equilibrado, volví a pensar en S y recuperé súbitamente el ánimo, el deseo creciente de otra culminación.

El camarero me pagó por el trabajo y me felicitó, anotando el nombre de mi creación en el menú del restaurante. Salí a la calle, cansado y desnutrido, eran ya las cuatro de la tarde y aún no había comido. Paseé en busca de algún restaurante, pero algún empleado siempre sonriente me decía que ya era tarde, la cocina estaba cerrada, que tomara una tarjeta y volviese por la noche, que la comida era estupenda, menuda pena, nos sabe mal.  Iracundo caminé tres o cuatro kilómetros hasta que vislumbré el mar desde un parque. Las viejecitas paseaban sin hablar, repeinadas, oro estirando los lóbulos y broches prendidos de los jerséis de punto. Sonreían si las miraba, luciendo sus labios y sus dientes de carmín. Los perros, sus excrementos y las manos de sus dueños embutidas en bolsas de plástico. Los turistas rusos, robustos, cogidos de la mano de una rubia con un vestido transparente y una cola de caballo. A lo lejos vi una paradita y me dirigí para ver qué se cocía. Me pedí un perrito caliente y una cerveza y me senté en un banco para ver más perros, más excrementos y más manos de sus dueños embutidas en bolsas de plástico.  Mordí el perrito caliente y pensé en Jesús de Nazaret, quise reírme silenciosa y dilatadamente, pero me limité a morder de nuevo el perrito. Somos lo que creamos, no lo que comemos, pensé. Me había manchado el bigote de ketchup.

Laura Amanda Bahí

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